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San Luis de Francia. La cruzada de los niños.

En época de las cruzadas medievales, Luis IX, un sensible y piadoso rey de Francia, comulga su misticismo en ceremonias de humildad y automortificación.

Apenas regresado de una segunda cruzada, pretende encauzar una tercera conmovido por las voces de unos niños que solamente él percibe. Se trata de los resabios de la llamada “cruzada de los niños”, consecuencia de unas visiones religiosas que tiempo antes habían provocado en toda Europa la marcha de miles de niños hacia el mar Mediterráneo con la promesa de que las aguas se abrirían al paso de aquellos, y permitirían una procesión triunfal para liberar el Santo Sepulcro. Las aguas no se abrieron a pesar de largos días de ruegos y oraciones, y los niños finalmente fueron vendidos por los mercaderes para satisfacción de las cortes orientales y otros. Un sentimiento extraño de culpa y reparación lleva a Luis a meditar un último viaje a Jerusalén para rescatar a esos niños.

El reino, no obstante, atraviesa momentos difíciles. Su madre Blanca de Castilla, una mujer de gran autoridad, lleva adelante la guerra contra los cátaros, un movimiento que amenaza socavar los cimientos de la Iglesia oficial con sus doctrinas libertario/religiosas. Por otro lado, Joinville, el dilecto amigo de Luis, intenta en cambio fortalecer la senda de rectitud y buen gobierno de su amigo del alma, y se niega a acompañarlo en la última aventura, tal vez definitiva.

Pero las voces de los niños pueden más que las razones y San Luis de Francia parte hacia la consumación de su destino de redención y sacrificio.

 

Personajes

Luis de Francia

Blanca de Castilla

Sor Estrella

El hereje

Joinville

Primer Mendigo

Niños de la Cruzada

Miembros de la Corte, soldados, sacerdotes

Coro y orquesta.

Una gran sala de castillo ricamente adornada. En el medio de la misma, Blanca de Castilla, de rodillas, reza. Rodeada de gran pompa y servidores que la asisten, éstos sostienen sus vestidos, le alcanzan los objetos de culto, atentos todos a la mínima necesidad de la reina madre. Asisten a la ceremonia una corte engalanada, algunos sacerdotes  y una buena cantidad de soldados templarios.

Blanca de Castilla —.

Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón,

Señor, Señor, no nos dejes caer en la tentación.

Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón,

Ten piedad, no nos dejes caer en la tentación.

(Se incorpora, vacilante) He tenido un sueño malo. (Continúa) Señor, Señor… saca eso de allí, mujer, que me está estorbando (a Sor Estrella).  Horrible, horrible, que mi Luis se moría lejos de Francia. Rodeado de infieles y de arena, no estaba yo para asistirlo.

Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón,

Señor, Señor, no nos dejes caer en la tentación.

Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón,

Ten piedad, no nos dejes caer en la tentación.

(Se desconcentra) Orgullosos, se curan las heridas en Montsegur, nos desafían, desafían a Dios, ¡malditos sean!, ah, no nos dejes caer en la tentación, no nos dejes caer en la tentación. (A Sor Estrella) Atiende ahí, mujer, mira que has derramado la libación. ¿Dónde está el Rey?

Sor Estrella —. Ya vienen los mendigos.

Blanca de Castilla —.  Ah, esa chusma. Recemos todos.

Coro —.        Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón,

Señor, Señor, no nos dejes caer en la tentación.

Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón,

Ten piedad, no nos dejes caer en la tentación.

Blanca de Castilla —.           Rodeado de infieles y de arena.

Coro —.        Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón,

Señor, Señor, no nos dejes caer en la tentación.

Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón,

Ten piedad, no nos dejes caer en la tentación.

Blanca de Castilla —. Horrible, horrible.

Mientras tanto, van ingresando los mendigos. Visiblemente menesterosos, se incorporan a la oración conjunta haciéndose un lugar entre la corte que trabajosamente los acepta. Finalmente ingresa Luis de Francia con todos los atributos de su posición. Todos se arrodillan menos uno de los mendigos: el Primer Mendigo,  quien se arrastra hasta los pies del Rey.

Luis de Francia —. Hijo mío. (Lo incorpora, lo abraza y comienza a besar repetidas veces el rostro sucio del mendigo. Sor Estrella se acerca y comienza a desnudar al hombre para que Luis, con verdadera unción, pose sus labios sobre las heridas, las mismas de Jesús de Nazareth. Toda esta acción lo extenúa poderosamente y, agotado, cae prácticamente derrumbado sobre el menesteroso quien lo sostiene).

El mendigo —. Mi buen Rey, mi buen Rey, quién nos consolará en la desgracia cuando tú mueras.

Blanca de Castilla — ¿Qué dice ese hombre?

El mendigo —. Cuando te mueras tú, cuando te mueras

Blanca de Castilla —. No.

El mendigo —. Mi buen Rey, mi buen Rey, quién se acordará de mis dolores cuando tú mueras.

Blanca de Castilla —. Que se calle el hombre.

El mendigo —. Cuando te mueras tú, cuando te mueras

Blanca de Castilla —. No.

El mendigo —. Mi buen Rey, mi buen Rey, quien besará mi cuerpo cuando te mueras.

Blanca de Castilla —. Basta ya.

El mendigo —. Cuando te mueras tú, cuando te mueras

Luis de Francia —. Hijo mío, Hijo mío, muéstrame tus pies.

En esos momentos los mendigos intentan acercarse pero son obstaculizados por los miembros de la corte. No obstante, se suman a la voz del Primer Mendigo.

Los mendigos —.      Mi buen Rey, mi buen Rey, quién nos consolará en la desgracia, Mi buen Rey, mi buen Rey, quién se acordará de mis dolores,

Mi buen Rey, mi buen Rey, quién besará mi cuerpo.

Luis de Francia —. ¡Tus pies, tus pies!

Sor Estrella, ayudada por dos Templarios, prepara la ceremonia del lavado de pies. Acerca un hermoso sillón y sienta al Primer mendigo en él, luego trae una jofaina de plata y una tela blanca impecable para el secado. Luis de Francia, alejado un poco de la escena de preparación, observa y cuando descubren los pies del Primer Mendigo cae en un rapto.

Luis de Francia —.   Ut queant laxis

Resonare fibris
Mira gestorum
Famuli tuorum,
Solve polluti

Labii reatum,

Sancte Ioannes.

Luego se acerca y lava los pies del hombre. Los mendigos logran sumarse a la escena, extasiados. Finalmente, el Rey toma al Primer Mendigo en sus brazos y, con delicadeza, se los entrega a los demás.

Luis de Francia —.   Tomadlo, es vuestro, él os consolará.

Tomadlo, es vuestro, él se acordará de vosotros.

Tomadlo, es vuestro, el besará vuestro cuerpo.

Mientras los mendigos se marchan, Blanca de Castilla procede a recomponer los vestidos de Luis y a secar su frente afiebrada por la emoción. Enseguida, majestuosamente, lo sienta en el trono. La corte, los sacerdotes y los soldados lo rodean.

Blanca de Castilla —. Recemos todos.

Todos reinician el tema del Rey pero se intercala la voz de la reina madre quien, finalmente, se impone y todos se suman al mismo clamor.

Coro —.                     Ut queant laxis

Resonare fibris
Mira gestorum…

Blanca de Castilla —.           Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón,

Señor, Señor, no nos dejes caer en la tentación.

Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón,

Ten piedad, no nos dejes caer en la tentación.

Coro —.                     Solve polluti

Labii reatum,

Sancte Ioannes.

Blanca de Castilla —. Orgullosos, se curan las heridas en Montsegur, nos desafían, desafían a Dios, ¡malditos sean!, ah, no nos dejes caer en la tentación, no nos dejes caer en la tentación.

Coro —.                                Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón.

Señor, ayúdanos a cortar la cabeza del dragón.

Luis de Francia —.   Amén. (Luis de Francia desciende del trono y se echa sobre el piso boca abajo con los brazos en cruz mientras el coro finaliza fervorosamente)

Todos —. Amén.

Intermezzo musical que acompaña el pasaje desde el vibrante final de la escena anterior hacia un clima más íntimo y personal. Cae un telón interno de manera tal que en un costado del  proscenio se lo ve a Joinville, el  amigo y confidente de Luis, intentando escribir las memorias sobre su Rey.

Joinville —.    Tiene ambición de Dios… (vacila) No, no puedo, escribir es encontrar la paz tras las palabras… Luis, Luis, ¿hacia dónde te guiará la luz que has encontrado en las tinieblas?  La pasión tiene un límite, mon ami, y tu deseo es la agonía, ¿hacia dónde te diriges? ¡No te acompañaré esta vez!No podré soportar otra vez la incontinencia de la sangre, la luna rota, el cantar de la ola atravesada por las patas de los caballos. Luis, Luis, quiero ser tu cruzado en la paz y no en la guerra… (vuelve a la escritura) Ha mandado a construir una capilla real, la más hermosa de Francia, la más sagrada, y reza. Mi buen rey reza por todos los pecadores del mundo. Reza por mí, ah… (Interrumpiendo la labor). En Tierra Santa vislumbré la llama ardiente de su fe. Primero en la batalla, la cruz de su espada nos arrastraba hacia la victoria. Sobre la bestia, ecuestre, las aves del Paraíso revoloteaban la testuz, la frente acalorada del Rey, sudor sagrado, la sal de Oriente creando ante el paso de los ejércitos fantasmales designios. Como un niño, como el último niño de la Cruzada, galopaba sobre el desierto cruel como sobre las aguas del bautismo. Reía. Su risa fresca un clarín ausentándonos el miedoY luego las cadenas, la derrota, ¡y yo lo he visto!, manso, herido, creyó ver en esa humillación un regalo del Cielo. (Intentando por última vez volver a escribir) Tiene ambición de Dios… No, no puedo, escribir es encontrar la paz tras las palabras… ¡Luis, Luis, perdóname!, verás la luz y no estaré a tu lado. Moi, Joinville, votre ami, votre frêre, votre coeur, je ne nais conaitre avec toi le prix reservé por Dieu pour les justes.

Sube el telón interno. En el interior de la Sainte Chapelle, Luis de Francia se encuentra tal cual al final de la escena anterior: echado boca abajo sobre el piso con los brazos en cruz.  En un rincón Sor Estrella sostiene un relicario.

Coro de niños —.      Las aguas no se abrieron, Dios ha faltado a la promesa,

mi buen Rey, mi buen Rey, ayúdanos.

Abandonamos morada, padre, tierra,

para ver a Jesús con nuestros ojos,

mi buen Rey, mi buen Rey, ayúdanos.

                                   Las aguas no se abrieron, Dios ha faltado a la promesa,

mi buen Rey, mi buen Rey, ven a nosotros.

Luis de Francia (incorporándose) —. Basta. No fui yo quien los dejó partir, ¿Por qué me persiguen esas voces? Hermana, ¿los escuchas?

Sor Estrella —. No.

Luis de Francia — . Hablan, gritan, cantan, me impiden escuchar la voz de Dios.

Sor Estrella — . ¿La voz de Dios?

Luis de Francia —. Sí, la voz de Dios que siempre guió mis pasos y ahora no comprendo. Esas voces…

Coro de niños —.      Mi buen Rey, mi buen Rey, ayúdanos.

Sor Estrella —. ¿Va a partir?

Luis de Francia —. Francia lo exige, los caballeros lo reclaman, mi madre quiere, ¿qué quieres tú?

Sor Estrella —. Yo no soy nadie.

Luis de Francia —. Tú eres la Iglesia.

Sor Estrella —. Yo obedezco solamente.

Luis de Francia —. Esas voces… si pudiera saber… piden ayuda… oh, Dios, háblame… (de repente) Llama a Joinville.

Sor Estrella —. Ahí viene.

Joinville (se arrodilla pero Luis lo levanta y lo abraza) —. ¿Partirás?

Luis de Francia —. Sólo contigo.

Joinville —. Luis, Luis, te rescaté con mil monedas de oro. Consolé tus heridas. Acompañé tus noches bárbaras de Oriente. No me pidas más.

Sor Estrella —. Escucha voces.

Luis de Francia (alterado) —. ¡Y tú no escuchas nada! ¡Estás seca! Iglesia muerta, sólo sabe encender hogueras.

Joinville —. Luis, Luis, mi hermano, mi corazón, mi guía, qué te sucede.

Luis de Francia —. Son los niños, Joinville. Yo los escucho.

Sor Estrella —. Esos niños han muerto.

Luis de Francia —. ¡No, no han muerto! Si fuera así no valdría la pena nuestra empresa.

Joinville (contrariado) —. Otra Santa Cruzada.

Luis de Francia —. A buscar a esos niños. Me reclaman. Gritan, gritan, me impiden escuchar la voz de Dios.

Joinville —.  ¿Y la de los mercaderes?

Luis de Francia — Joinville, aconséjame.

Joinville —. Luis, Luis, ¿acaso no lo sabes? Acallado el fervor, sólo queda la rapiña, acción infame en donde antes primaba la virtud.

Sor Estrella —. La cruzada es santa. Un lugar en el cielo…

Joinville —… y en la tierra pasto de los perros salvajes. Yo estuve ahí. Acompañé a mi Rey. Su paga fue el dolor. Su triunfo la faz más pura del martirio.

Sor Estrella —. Es nuestro sacrificio. Dios lo pide.

Luis de Francia —. Y Francia lo exige.

Joinville —. Quédate con nosotros, entonces, Francia te necesita.

Sor Estrella —. Francia también necesita un escarmiento.

Joinville —. Francia necesita un Rey. Un buen Rey. Un Rey justo. Quédate con nosotros.

Luis de Francia —. No puedo… no puedo… son esas voces… soy su esperanza.

Joinville (a dúo con la mujer) —.     Luis, Luis, ¿acaso no lo sabes?

Acallado el fervor, sólo queda la rapiña.

Sor Estrella —.                                 Es nuestro sacrificio. Dios lo pide.

Francia también necesita un escarmiento.

Luis de Francia —. Estoy solo. Dios me ha abandonado. Dios ha abandonado a esos niños. Solamente me tienen a mí. Soy su esperanza. (Enajenado) Ah, están allí. No habrá arena ni mar que les impida llegar a Dios. Quieren calmar su hambre con las llagas, arroparse con la sagrada túnica, quieren calmar su sed con la divina sangre, por eso abandonaron el mundo, ¡la fe salvará al mundo!, los niños, nuestros niños, yo iré a ellos, yo seré uno de ellos…

Coro de niños —. Ven con nosotros…

Sor Estrella (dúo) —.           No escucho nada, perdóname ¡oh!, Rey.

Joinville —.                           No te acompañaré, perdóname ¡oh! Rey.

Luis de Francia —. Los veo, los veo, están aquí…

Sor Estrella (dúo) —.            Estoy seca, perdóname ¡oh!, Rey.

Joinville —.                           No te acompañaré, perdóname ¡oh, Rey!.

Coro de niños —. Ayúdanos, Señor.

Luis de Francia —. Soy su esperanza.

(Desde todos los lados irrumpe una multitud de niños que avanzan dificultosamente como chapoteando en el agua, con rastros de asfixia en sus cuerpos y, mientras cantan, van paulatinamente cayendo exánimes sobre el suelo de manera tal que la escena queda sembrada de cadáveres,  como un mar de muertos.

Coro de niños —.                 Las aguas no se abrieron, Dios ha faltado a la promesa,

mi buen Rey, mi buen Rey, ayúdanos.

Abandonamos morada, padre, tierra,

para ver a Jesús con nuestros ojos,

mi buen Rey, mi buen Rey, ayúdanos.

Sor Estrella (dúo)—.             Estoy seca, perdóname ¡oh!, Rey.

Joinville —.                           No te acompañaré, perdóname ¡oh, Rey.

Luis de Francia —. Soy su esperanza.

Coro de niños —.                 Las aguas no se abrieron, Dios ha faltado a la promesa,

mi buen Rey, mi buen Rey, ven a nosotros.

 Vibrante intermezzo musical que paulatinamente muda hacia sonidos desolados que acompañarán la escena en donde el Hereje es torturado. (La idea es que el  intermezzo borra todo el escenario anterior y nos lleva a un escenario diferente, a un subsuelo anímico, como también irán desapareciendo en escena los elementos materiales, colores, lujo, etc., hacia un escenario contrastante) A continuación se inician los compases del hermoso tema del lamento y lentamente aparecen en escena los niños de la Cruzada. Solícitos y con delicadeza destraban al hombre, enjugan su frente, le dan de beber y curan sus heridas.

El Hereje —. Ah, mis niños, estáis aquí.

El Primer Niño —. No te abandonaré.

El Hereje —. ¿Habéis visto?

El Primer Niño —. No, mis ojos sólo miran al cielo.

El Hereje —. ¿Y qué veis?

El Primer Niño —. Una promesa.

El Hereje —. ¿Veré a Dios?, oh, por favor, dímelo…

El Primer Niño —. Descansa ahora (canturrea)

El Hereje — Mi canción… mi canción…

El Primer Niño (acunándolo) —.     Dejós ma fenèstra

I a un aucelon

Trota la nuèch canta

Canta sa cançon.

Se canta que cante

Canta pas per lui

Canta per ma mia

Qu’es al luènh de ieu.

El Hereje (llora. Enseguida, el Niño Primero y los demás van desapareciendo así como aparecieron. El Hereje se incorpora pues percibe movimientos en el exterior) —. Niños, niños, no me dejéis, por favor… vendrán los otros… Oh, Dios (cae de bruces. Inmediatamente ingresan al lugar la Corte tal cual en la primera escena, precedidos por Blanca de Castilla y Sor Estrella. Ésta trae la misma jofaina y la tela.

Sor Estrella —. Levántate. De rodillas.

El Hereje —. Sólo ante Dios. (Dos soldados la ayudan e incorporan medianamente al Hombre. Sor Estrella le pasa el pañuelo por la cara.

Sor Estrella —. Hombre.

El Hereje —. Mujer, ¿qué haces?

Sor Estrella —. Recojo de tu frente el dolor. Lo guardaré para entregarlo a Dios. Es mi promesa.

El Hereje —. Tú no verás a Dios. Dios se ha apartado de vosotros.

Sor Estrella —. ¿Qué dices?

El Hereje —. Y de tu Iglesia… ¡ay!

Sor Estrella —. ¡Hereje!

Coro —.         Ah, hasta dónde llegará tu obstinación,

El error es un pecado pero el orgullo es peor,

Arrepentíos.

Sor Estrella —. Y volved con nosotros.

El Hereje —.  No.

Sor Estrella —. Ecoutes.

De mis tempranos días tengo el temor,

la Iglesia es mi refugio

mi esperanza no vana.

El mundo es cruel,

la Iglesia es fuerte

por nosotros.

Coro —.         Arrepentíos, arrepentíos.

El Hereje —. No.

Sor Estrella —. Ecoutes.

Dios ha confiado en nosotros vuestras almas,

no salgáis del redil.

La Iglesia es de los reyes y de los santos,

y de los hombres como tú…¡si te arrepientes!…

no salgáis del redil.

El Hereje —. No.

Coro —. Arrepentíos, arrepentíos.

El Hereje (es tomado por los soldados pero los enfrenta. Recita acompañado por el tema del lamento) —. No tengo temor ni tengo culpa. Yo sigo a Dios. Él lo ha escrito. Nosotros le obedecemos. Yo me debo a los pobres. Tienen hambre y sed de esperanza. Han encontrado en Dios el deseo de toda la humanidad. La justicia es nuestro pan. El cielo nuestra promesa. Yo me debo a los hombres. Ellos necesitan a Dios. Son sus hijos. Y son hermanos entre ellos. (Pausa)

Sor Estrella —. Me lastima tu voz. Me pesa tu fortaleza. Me ofende tu obcecación. Quisiera perdonar pero… no puedo. ¡Ecoutes! ¡Ecoutes!

Blanca de Castilla — . Dejadlo. Es mío ahora. ¡Cuidado, Hereje! Sin poder no hay orden. Sin Dios no hay paz. Sin Patria no hay justicia.

El Hereje —. Oh, mujer, no te engañes. Tu poder corrompe, tu Dios castiga, tu Patria mata.

Blanca de Castilla —. Tú no entiendes. ¡Montsegur nos humilla! Encaramados  en el monte escupen sobre nos. Atribulados por la espada se esconden en la fortaleza. Le hablan a Dios como si Dios fuera de ellos. No tendremos la paz en tanto vivan.

El Hereje –.  Oh, mujer no te engañes…

Blanca de Castilla —. Vamos a cortar la cabeza del dragón. Dios lo quiere.

El Hereje —. No, Dios no lo quiere, lo queréis vos.

Blanca de Castilla — ¡Dios es nuestro!

El Hereje —.  Oh, mujer, no te engañes. Dios es de todos.

Sor Estrella —.         Kazarós, Kazarós, ten piedad de nosotros y de ti mismo,

estamos solos en este mundo,

Dios es nuestro consuelo.

El Hereje —.             Si, estamos solos,

Con Dios como consuelo

Y la humanidad como refugio.

Coro —.                     Ah, hasta dónde llegará tu obstinación,

el error es un pecado pero el orgullo es peor,

Arrepentíos.

El Hereje (en conjunto)—.     No tengo temor ni tengo culpa. Yo sigo a Dios…

Sor Estrella (ídem) —.          Solos en este mundo. Mi consuelo es Dios…

Blanca de Castilla (grita)–.   ¡Un solo hereje enturbia la religión!

Coro —.                                El error es un pecado pero el orgullo es peor…

(Se retiran. Los torturadores retoman su tarea pero Sor Estrella se queda un momento más con su jofaina y su tela)

Sor Estrella —. ¿No tenéis miedo?

El Hereje —. Sí, lo tengo.

Sor Estrella —. ¿Qué sientes?

El Hereje —. Dolor, mucho dolor.

Sor Estrella —. ¿Qué veis?

El Hereje — A Dios, y está llorando. (Sor Estrella, muy conturbada, primero intenta consolarlo pero finalmente arroja con impotencia sus objetos y se marcha. Al salir se topa con el Primer Niño y, sorprendida como ante una aparición, hace un gesto como de negación, lo esquiva y sale corriendo)

 El Primer Niño —.                          Dejós ma fenèstra

I a un aucelon

Trota la nuèch canta

Canta sa cançon.

Coro de niños (rodeándolo) —.       Se canta que cante

Canta pas per lui

Canta per ma mia

Qu’es al luènh de ieu.

El hombre grita.

El primer niño —.                            Aquelas montanhas

Que tan nautas son

M’empachan de vere

Mas amors ont son.

Coro de niños —.                             Aquelas montanhas

Lèu s’abaissaràn

E mas amoratas

Se reprocharàn.

El hombre grita. Apagón. Intermezzo musical que nos lleva a la Sainte Chapelle a presenciar la ceremonia de despedida del Rey. Finalmente se acerca Joinville

Luis de Francia —. ¿Me olvidarás?

Joinville —. Ni yo ni mi palabra. Pasarán siglos y tu nombre brillará como pocos.

Luis de Francia —. ¿Quién lo sabe?

Joinville —. Un rey santo.

Luis de Francia  —. Que vivió en épocas de herejías.

Joinville —. Un rey justo.

Luis de Francia —. Que vivió en épocas de injusticias.

Joinville —. Un rey pacífico.

Luis de Francia —. Que vivió en épocas de guerra…

Ah, Joinville, si fuera posible volver a cabalgar

bajo el cielo tachonado de estrellas…

Joinville —.                           …con la misma fe de otrora…

Luis de Francia —.              … un mismo corazón…

Joinville —.                           … y una misma esperanza…

Luis de Francia (interrumpiendo) —. No. La fe pertenece a esos niños, y también la esperanza. Recuérdalos, miles por los caminos de Francia, cientos frente al mar esperando el milagro de las aguas, el mundo no será igual jamás sin ellos. Los necesitamos. ¡Yo los necesito!

Joinville —. ¿Qué dices?

Luis de Francia —. Un solo niño perdido enturbia la humanidad.

Joinville —. Irás a ellos…

Luis de Francia —. .. que me esperan. Recorreré el mundo tras sus pasos.

(Juntos)                                  Ah, Joinville, si fuera posible volver a cabalgar

bajo el cielo tachonado de estrellas…

Joinville —.                           …con la misma fe de otrora…

Luis de Francia —.              … un mismo corazón…

Joinville —.                           … y una misma esperanza.

Luis de Francia —. Iré tras ellos.

Joinville —. Que te esperan. (Se despiden)

Coro  —.                               Un rey justo.

Un rey santo.

Un rey de paz.

Sorpresivamente entran Blanca de Castilla y Sor Estrella trayendo al Hereje a quien arrojan a los pies de Luis de Francia.

Luis de Francia —. Madre.

Blanca de Castilla —. No tengamos piedad.

Luis de Francia —. ¿Qué queréis?

Blanca de Castilla —. Un escarmiento.

Luis de Francia —.  Ah, Hereje, ni siquiera el perdón.

Sor Estrella —. Dios es implacable.

Luis de Francia —. No, Dios es justo.

El Hereje —. No, Dios es amor (muere).

Luis de Francia —.  Ah, qué habéis hecho. (Dirigiéndose a las mujeres) Qué gran misterio anida en el corazón del hombre, tantas veces grande y tantas con la dureza de una roca, ¿qué habéis hecho?, ¿quién nos dará el perdón ahora? (se arrodilla ante el Hereje)

Dame tu mano que limpiará mi mano.

Dame tu corazón que el mío sangra.

Dame tus labios para decir tu nombre:

Hermano.

Coro —.                                Un rey justo.

Un rey santo.

Un rey de paz.

Luis de Francia (con emoción y sinceridad) —. Ahora partiré. Ellos me reclaman.

Blanca de Castilla —. ¿Ellos?

Luis de Francia —. Los niños, madre, todos los niños perdidos de Francia.

Sor Estrella (súbitamente) —. ¡Esos niños han muerto!

Luis de Francia (conturbado) —. Pues entonces… entonces… moriré con ellos. Adiós.

Blanca de Castilla (enajenada) —. Señor, Señor, devuélvelo a nos,

¡malditos, malditos todos!,

Señor, Señor, devuélvelo a nos,

¡quiero morir junto a él!,

¡Ten piedad, Señor!,

mi única alegría es su presencia.

¡Ah! Te lo pido, te lo ruego, te lo exijo,

¡malditos, malditos todos!,

devuélvelo a nos, devuélvelo a nos (se desploma).

Cae un telón interno que deja ver, no obstante, las figuras de la Corte: inertes, fantasmales. Luis de Francia, separado de ellos y en el centro de la escena, se despoja de sus atributos reales y se descalza en tanto es rodeado por los niños que emergen desde los costados y a quienes va entregando los objetos. Paulatinamente va formándose frente a ellos un caudaloso mar.

Coro de niños —.                 Las aguas se han abierto, Dios nos ha dado la promesa,

mi buen Rey, mi buen Rey, acompáñanos.

Abandonamos morada, padre, tierra,

y hemos visto a Jesús con nuestros ojos,

mi buen Rey, mi buen Rey, ven a nosotros.

                                               Las aguas se han abierto, Dios nos ha dado la promesa,

mi buen Rey, mi buen Rey, ven a nosotros.

Luis de Francia, al ver que las aguas van abriéndose, sumamente conmovido rompe a llorar más luego, comprendiendo, musita: “Entender, ver, saber,  Señor, tómame en Ti” y, aceptando la mano de un niño, atraviesan juntos el sendero maravillosamente iluminado.

 

Fin de la ópera.

(Texto de José María Gómez)

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