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Los marianitos. Una novela policial, de José María Gómez. Editada por “El cuenco de plata”

Yo te conozco, ¡oh, monstruo! Henos de nuevo frente a frente.

Reanudamos aquel largo debate en donde lo dejamos.

Saint–John Perse, Exilios

 

Como bien dice el epígrafe del libro, la novela Los marianitos enfoca la mirada en unos acontecimientos que, ocurridos en el pasado, no dejan de tener consecuencias en el presente y, fundamentalmente, ameritan nuevas versiones o debates. Y ahora no desde los datos duros políticos y sociológicos sino desde la literatura o bien, de qué manera el lenguaje escrito puede intentar narrar, apelando a diversas formas, una historia fascinante, y terrible. Ficcionalizar para obtener verdad, jugar con las palabras para que denuncien, inventar personajes para que aparezcan los verdaderos, imaginar al Polaco como Perón, a Ferreyra como Firmenich y a los marianitos como los Montoneros y, al final, a estos últimos como carne gozada y violentada en el “jardín de las delicias” de los chupaderos.

Todos son policías, en la novela, el país que cuento es un territorio policial en donde cada uno debe poner el cuerpo y las agallas, para mandar y para obedecer. Y todos son hermosos, los marianitos, y por eso se disputan sus cuerpos los dos hombres más hombres de la etapa: el Polaco y Ferreyra. El Polaco con la ayuda incondicional de José Ignacio (Rucci), un policía de ley, quien se encargaba de poner orden en las seccionales cuando los seguidores de Ferreyra se pasaban de la raya.

Otro asunto de la novela es que los marianitos eran todos putos, es decir, irresistibles porque Ferreyra elegía para su organización (orga) solamente aquellos que fueran dotados en cuerpo y alma y, entonces, cuando se desnudaban en las duchas y en los vestuarios, hacían estragos entre los seguidores del Polaco. Y todo hubiera seguido así por mucho tiempo, disfrutándose (porque todavía todos comían del mismo plato);  el asunto es que en algún momento se pusieron en juego otras cosas. Se cuenta así:

“Volviendo a José Ignacio, lo del apriete mencionado era un declaración de guerra, más todavía porque el hecho ocurrió en el bañito de una Seccional: el capo y algunos más arrinconaron al pibe cuando se estaba bañando y además de tocarle el culo se animaron a decirle: “Si cogés con nosotros vas a ser más feliz, vos sos un perejil, ¿acaso no sabés que el Polaco la tiene más grande?”. Eso enfureció a Ferreyra y a los guachitos que lo seguían a sol y a sombra, yo inclusive, y por lo tanto el destino de José Ignacio quedó sellado. Pero eso no fue lo peor, lo peor fue la reacción del Polaco que todos conocen, y ya no hubo retorno”.

Y fue un hecho desgraciado porque después vinieron los otros y se llevaron a todos. Igualmente, lo que queda muy claro es que a los marianitos (esa juventud maravillosa) no se los llevaron por violentos, se los llevaron por hermosos.

En la novela, Mariano Aguilar (el marianito narrador) hace todo lo que puede para evitar el enfrentamiento. Se anima y va verlo al Polaco en persona. Es la parte más emocionante del libro porque el Polaco (Perón) fue una especie de padre para todos los argentinos. Lo cuento así:

 

“Como un chico que se encapricha buscando una respuesta imposible o requiriendo un juguete caro, comencé a increparlo con el objeto de que reaccionara o recapacitara, en definitiva, que hiciera algo urgente antes de que se desencadenara la tragedia. Él no podía dejarnos así, si se daba cuenta de la situación era el más indicado para torcer el rumbo, y que era terriblemente cruel que nos abandonara en la estacada, quizás en el momento en que más lo necesitábamos. Cosas así, ¿comprenden? Y como a cada uno de mis razonamientos respondía con un dilema, en un gesto desesperado eché mi cuerpo hacia adelante, hacia él, y casi tomándolo de las manos, le supliqué: “Entonces, perdónelos, ¿no es esa la salida?, tal vez con no dejar que se echen como perros salvajes sobre ellos… por favor, perdónelos, no dé la orden de exterminio, no los deje caer en la tentación de una muerte inútil”. Y fue ahí en donde finalmente logré que me contestara, no ya como el versado, sino como el hombre que nos amaba y al que todos amábamos. Me dijo tristemente: “Es demasiado tarde, mi tiempo ha terminado”, y alejó sus manos que de repente descubrí terriblemente agotadas. Se me llenaron los ojos de lágrimas y, para que no se diera cuenta, me acerqué a la ventana que daba sobre la calle. Era el mediodía. Afuera, las gentes circulaban bajo el sol de junio aureoladas de una inocencia sobrecogedora. Nadie se imaginaba lo que se venía. Pensé que si lo hubieran sabido habrían hecho algo. No sé qué. Entonces me di cuenta de que el Polaco se iba a morir, de que nos íbamos a morir todos, y la idea me resultó tan insoportable que me puse a llorar; sin embargo, quise insistir. Con los ojos llenos de lágrimas volví a él con nuevos argumentos pero enseguida me callé. El hombre se había desentendido de mí, parecía, y de todo el mundo, y miraba hacia delante, hacia un punto fijo que se encontraba quién sabe dónde. Recapacité. ¿Cómo me iba a poner a hablar de política con un tipo que se estaba por morir?, pero yo era testarudo. Y no me arrepiento. Cuando empecé con mis recaídas se los dije a todos –y algunos hasta me dieron la razón–, tal vez estuvo en mis manos la posibilidad de cambiar la historia, de atemperar el desastre, de evitar que arrojaran a los marianitos al mar de la fatalidad. “Son sus hijos también, y de los más hermosos”, me animé a media voz, “no se quede solamente con los otros, es injusto…”. Me interrumpió. “Yo no tengo herederos”, dijo. Me callé, creo que pensé en ese momento que era suficiente, que no valía la pena insistir. Seguía conmocionado, claro, no es que estuviera especulando, comenzó a dolerme el cuerpo y ocurrió que el Polaco volvió a reparar en mí pero esta vez de una manera que yo reconocí de inmediato: aquella que acostumbraba conmigo y antes de que aparecieran las diferencias. Y de repente se incorporó, con dificultad, pero de inmediato conservó su compostura, se mantuvo erguido, y entonces me dijo: “Vos mantenete vivo, por mí, sabés, ya vas a ver cuando los tiempos se aclaren y comencemos de nuevo, viste cómo es, pichón, todo cambia, que nadie se vaya a creer que tiene la vaca atada para siempre, y ahora vení, dame un abrazo, no nos vamos a ver nunca más”. Me arrojé en sus brazos. Lloré, lloré, y no tengo ninguna vergüenza en ventilarlo; quizás fue la única vez de toda mi vida en que tenía verdaderos motivos para hacerlo. Cuando estábamos a punto de separarnos, me tomó nuevamente y me habló al oído, muy bajito, con la mayor ternura de que era capaz un hombre tan hombre como él. “De todos los guachos que me cogí”, escuché, “vos fuiste al que más hice doler, para que no te olvides nunca de mí”. Salí a los trancos por los pasillos atestados de guardaespaldas, me miraron con desconfianza pero me dejaron salir sin pedirme explicaciones. Y ahí tuve una de mis primeras alucinaciones. La Plaza estaba llena de muertos. En las esquinas, sobre la calle, arrojados en las escaleras del subterráneo, al pie de la estatua de la República, abrazados a las columnas de la Catedral, un mar de cadáveres se enseñoreaba sobre el paisaje. Tropecé con uno, caí, me levanté, y luego comencé a correr de un lado para el otro constatando el horror y entonces me di cuenta: todos eran muy jóvenes, todos eran muy hermosos, todos se parecían a los marianitos. Desesperado, sin saber qué hacer, quise rescatarlos, infundirles vida, me arrodillé incontables veces para zarandearlos, les levantaba la cabeza, tiraba de sus manos, los llamaba por sus nombres pero ellos permanecían invariablemente muertos. Así que finalmente me detuve en uno, el más frágil, si se quiere, lo tomé en mis brazos y fui caminando con él a los gritos por el lugar, la Plaza, llorando como un maricón o como una madre a quien le habían arrebatado a su borrego. Y hubiera seguido gritando hasta hoy si no fuera porque alguien me agarró bruscamente del brazo. “¿Qué pasa, agente?”, me preguntó y ahí me desperté. Estaba como loco y me metieron en el Churruca. Esa fue la primera internación y siguieron otras. Entraba y salía todo el tiempo. Cuando salí en una de las veces supe que el Polaco se había muerto pero yo estaba como anestesiado”.

Ferreyra era un mesiánico, o sea, tenía o decía tener conocimientos sobre el pasado, se hacía cargo del presente y se animaba a vaticinar el provenir. Por eso es quien profetiza en la novela, en un largo capítulo denominado: Las profecías de Ferreyra, en donde narra su conversión y, con el formato del profeta Isaías, nos habla, entre otras cosas, de algún futuro que es hoy, tal vez, en el apartado donde habla de El gobernante fiel. Es, si se quiere, la parte “cómica” de la novela. Parafraseando a Dios y a los profetas, utiliza un lenguaje burdo y también desopilante.  

 

El profeta elegido:

3.1 Y dijo Dios a Ferreyra: “Serás mi profeta y darás testimonio de todas las cosas de esta ciudad, y de las ciudades del interior del país”.

2 Entonces Ferreyra preguntó, cargado de estupor: “¿Por qué a mí, Señor, apenas soy uno más de tus hijos, ni siquiera soy de los mejorcitos?”.

3 “No te negarás”, dijo el Señor.

4 “Escúchame, Señor, te lo ruego”, volvió a insistir Ferreyra, “soy solamente un comisario, es más, hace muy poco que me dieron las estrellitas y bien que se tardaron, no me consideraban entre ellos, ¿por qué no eliges a cualquiera del estado mayor, a uno de los poronga? Ellos están más calificados que yo”. 

5 “¿Acaso el jarrón sabe más que el alfarero?”, preguntó el Señor, “¿Y que la mesa conozca más que el carpintero? No te librarás de este yugo, yo soy el Señor”.

6 “Sí, Señor, de eso no me cabe la menor duda. Lo que quería significar era que por lo general me falta léxico, en el secundario fui un desastre, no sabía hacer las redacciones, ¿cómo quieres que tu siervo hable con palabras difíciles y bien elaboradas? Tú sabes que para decir pavadas ya hay un montón en todo el territorio”.

7 Porque el Señor quería que su siervo Ferreyra fuera duro de cerviz, un poco cabeza dura y todo, pero él sabía llegar al fondo de la cuestión.

8 “Yo te elegí, Ferreyra, y no se hable más. ¿Acaso quieres que me enoje?”.

9 “No, Señor, claro que no, pero se me figuraba que ya que me voy a encargar de eso de ser profeta, tuviera una señal más concreta”.

10 “¿De qué hablas?”, dijo el Señor y, para sí, cuidando de que el servidor no lo oyera: “Éste es más estúpido de lo que yo me imaginaba”.

11 Entonces Ferreyra, buscando agradar al Señor, se exprimió mucho para que sus palabras no fueran descomedidas ni que el Señor creyese que se tomaba atribuciones. Pensando en positivo, se bajó del móvil estacionado en los bosques de Palermo pero antes encendió las luces altas del mismo y, caminando unos pasos, se arrodilló delante de los focos. Y cuando estuvo ahí se tapó la cara con sus manos puesto que las luces le molestaban mucho, e imploró.

12 “Señor, ya que has visto en éste tu siervo condiciones suficientes como para pasar información reservada a los otros siervos tuyos, y nosotros sabemos que somos tu pueblo elegido, por qué no me muestras un poquito tu rostro pues la luz que despide tu faz es tan poderosa que no veo casi nada, Señor”.

13 Y dijo el Señor, con ira: “¿Cómo te atreves? ¡Oh, argentinos!, raza de incrédulos y que encima se hacen los vivos. He criado una estirpe de gente llena de ardides y no se dan cuenta de que son unos tarados, no hay peor cosa en el mundo que el no saber ubicarse, a ver, Ferreyra, ¿quién ha dicho que Dios es argentino?”.

14 Entonces Ferreyra se sintió presa del terror y le castañeaban los dientes y sus miembros se debilitaban e imploraba: “Señor, Señor, no castigues en mí los pecados de los otros, yo decía nomás, rectifico, rectifico, lo único que nos falta es que nos abandones y te vayas con otro pueblo”, y mientras hablaba se echaba polvo sobre sus cabellos y suplicaba.

15 Entonces el Señor se apiadó de su siervo y le dijo: “Está bien, te perdonaré por esta vez pero, por favor, no vuelvas a hacerte el vivo conmigo, sabes de sobra que nadie puede ver mi rostro, ni siquiera pueden sacarme una foto, ¡oh, la tan mentada viveza criolla!, ¿por qué no habré elegido a los uruguayos que son más humildes?”

16 Y Ferreyra dijo: “El Señor me ha dado una lección, por eso estamos como estamos y nos está pasando lo que nos está pasando, acepto con gratitud el que me hayas elegido entre todos los demás compatriotas, hablaré por ti, seré tu profeta y todos me putearán”.

17 Y le contestó el Señor. “Grandes males profetizarás, porque este pueblo me ha sacado de quicio, haré caer sobre sus cabezas un montón de calamidades, la gente andará por las calles clamando y rogando por sus bienes que les han sido arrebatados, los gobernantes se sucederán en cuestión de semanas, uno peor que el otro y sin saber qué hacer, y yo esconderé mi rostro durante muchos años para que aprendan la lección.

18 Y también diles que si se arrepienten yo volveré a recordar mi palabra, no lo haré por vosotros que no se lo merecen, lo haré por la promesa que hice a los antiguos gobernantes, sobre todo a uno muy grande a quien constantemente traicionan, y basta ya, Ferreyra, no quiero hablar más, vuelve al móvil, y haz lo que tienes qué hacer”, dijo el Señor.

El final de la novela remite al Apocalipsis ya que todo el despliegue abreva en lo religioso, como si fuera una biblia de entrecasa que narra un periplo (génesis, andanza entre fariseos, profecías, el ministerio de Mariano Aguilar y, finalmente, su caída). Con textos de elaborada poesía y crueldad, da cuenta de los chupaderos. Dice Mariano, entre otras cosas:

 

Yo he visto todo, estuve en las mazmorras, vi los cuerpos, yo estuve ahí, desnudos sobre la mesa, el trapo sucio cubriéndoles la cara, el pecho liso y ondulado como las arenas del desierto, la sed, dos piedras preciosas rosaditas, el ombligo, la pelusita suave y el verdugo caliente, muy caliente, diciendo: “Dios, ¡qué guachito!, voy a acabarle encima antes de hacerlo mierda”.

 

Yo he visto todo. Vi la belleza y también el horror, el dulzor de los cuerpos y la noche, la mano lánguida, la garra entumecida, las preguntas, los dientes apretados, la obstinación temprana, el desencanto, unas boquitas abiertas, muy abiertas, los gritos y también las plegarias, la sorpresa, la imprecación: “¡Dios, cómo es posible que me estén haciendo esto!

 

Vara ardiente, zarza, pero sin Dios, el dios acá es un funcionario que indica, según el manual inmarcesible: “Ahora pasale por ahí”, vara ardiente, zarza, pero sin Dios, acá el dios es un monigote que indica: “No te detengas, alarga tu mano sobre el muchacho”.

 

Para finalizar, y con relación al ministerio (obra) del marianito narrador, este desarrolla una idea sobre la cuestión de los agentes/marianitos desaparecidos. Integra con el grupo de música “Los demonios” (justamente ese nombre) un nuevo grupo cuya misión es convertirse/disfrazarse en cada uno de los desaparecidos y presentarse en la casa de los deudos por una noche solamente, de manera que la madre, la novia, el novio o el compañero del alma pueda tenerlo por última vez entre sus brazos. Y los visitarán con la misma edad que tenía cuando se los llevaron. Para que puedan hacer o decirse todo lo que necesiten y nunca más. Al llegar a la madrugada se irán para siempre. Lo supone un consuelo, una caridad, un acto de amor.

En definitiva, Los marianitos. Una novela policial es una fantasía/realidad sobre los años 70 en la Argentina. Puede no creerse o resultar una profanación pero tal vez ilumine algo como sólo la literatura puede hacerlo.

El autor

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