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La voluntad de los monstruos, de Ramiro Guggiari. Dirección: Ramiro Guggiari

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Actúan: Sofía Guggiari, Felipe Grieben Saubidet, Mariana Huss, Pablo Toporosi y Horacio Pucheta

Músicos: Anahí Parrilla Belfer, Baltazar Oliver

Composición y Dirección Musical: Baltazar Oliver

Vestuario: Ana Nieves Ventura

Iluminación: David Seiras

Realización escenográfica: Alberto M. Sorianello

Fotografía: Sara Llopis

Diseño gráfico: Leandro Ibarra

Producción, Prensa y Comunicación: BATAHOLA Gestión y Comunicación

Asistencia de Dirección: Julieta Martín

Asistentes de escenario: Julieta Martín, Mariu Jarazo

Dirección: Ramiro Guggiari

Sinopsis: A principios de siglo XX, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, una mujer cree que su hija está influenciada por el demonio y llama a dos curas para que la auxilien: en realidad la hija está enamorada de una criatura mágica que habita en la casa.
En la época actual, un pornógrafo encuentra a su último actor porno y lo lleva a conocer su estudio, donde lo esperan unos peculiares compañeros de escena, y un destino sombrío.
En un futuro onírico, una mujer llega al palacio para pedir a los reyes que le corten la cabeza a un muchacho que los gobernantes tienen encerrado como mascota humana. La suerte del joven será decidida en un juicio absurdo y delirante.  http://lavoluntaddelosmonstruos.tumblr.com/

 

“En la oscuridad del deseo se esconde una parte de la naturaleza humana”, se escribe en el programa de mano y podemos afirmar que en “La voluntad de los monstruos”, la obra teatral de Ramiro Guggiari que va por su segunda temporada, se hace honor al epígrafe. Estructurada en tres partes de íntima vinculación, el periplo de sus criaturas aparece atravesado por una certera interrogación: el lugar del deseo en toda experiencia humana, los vericuetos de la pasión y dónde nos coloca la voluntad de la satisfacción a precios indelebles, muchas veces monstruosos, y nos lo muestra en escena, con todo el artificio de la representación, para que nos reconozcamos, almas al fin, en el espejo vil de nuestras respectivas ansias.

Se trata de una descarnada indagación sobre el deseo, entendiendo por descarnada aquella que hunde el escalpelo en un sitio o lugar en donde justamente el objeto a “descarnar” es inasible, donde la carne es ausencia y, por eso, podemos aventurar, nos vemos obligados a reconstruir día a día (o noche a noche) el escenario (como en el teatro) para volver a recrear aquello que es imposible. Y de ahí la muerte, tan cercana, una invitada molesta pero necesaria, porque es la cara, el revés: donde hay deseo hay finitud (porque el deseo es infinito). De todo esto trata la obra, en mi opinión, pero basta con acercarse al amigable espacio Abasto Social Club para constatarlo en carne propia y, seguramente, no se arrepentirán. Les aseguro que se van a divertir también. Es lo que me ocurrió.

Ligado con lo anterior, es importante decir que uno de los puntales de este trabajo es la absoluta falta de solemnidad en las actuaciones. Un mérito innegable porque de esa manera nos vemos inmersos todos en el juego teatral, nos sentimos partícipes. Este tipo de planteo nos invita a seguir con atención el desenvolvimiento y las distintas tramas, sin subterfugios innecesarios, todos interesados en descubrir, en el desarrollo, qué otros escenarios y atajos propician un nuevo acercamiento a la cuestión principal; el deseo muda, se transforma, pero siempre aparece en primer plano: regocijante, vivo, doloroso, fatal. El resultado de este tipo de abordaje actoral es efectivo pues, es justo decirlo, el tema de la obra es urticante: debemos reconocer que los espectadores en tanto sujetos de deseo no pueden permanecer impasibles ante la cuestión, es decir, se está agitando permanentemente la soga en casa del ahorcado. De ahí la eficacia del humor y otras salidas que son muy bienvenidos.

La puesta en escena de Ramiro Guggiari, el autor, es desenfadada, teatral en el mejor sentido, el que no engaña pues siempre estamos ahí viendo como se mueven los artefactos para crear los diferentes escenarios; y esto es así, creemos, porque en todo deseo hay una necesaria escenificación: la escena temida y deseada, el lugar donde se desenvuelve para hacernos dichosos y torturarnos a la vez. En el mismo sentido se desarrolla la actividad de los personajes quienes, en el colmo de la claridad del concepto, se dirigen al público en no pocos parlamentos, un recurso que tiene su colofón al final, en la escena del tribunal. Un final adecuado porque tal vez comprendamos que, cualquiera fuera el desenlace o el lugar que provisoriamente adoptemos de cara a la argumentación, el “monstruo” seguirá suelto porque anida en nosotros.

El equipo actoral funciona sin fisuras. No solamente componen sus diversos personajes con soltura sino que, por ese mecanismo mencionado anteriormente, logran con sus intervenciones una corriente de legítima empatía, cualquiera fuera el rol. Se destaca la presencia escénica de Sofía Guggiari, quien se muestra como si el escenario fuera para ella un ámbito natural, lo que es indudablemente atípico. En otro rol, es necesario mencionar la labor de Felipe Grieben Saubidet, un joven actor dotado de una rara sensualidad. Mariana Huss, Pablo Toporosi (muy gracioso) y un eficaz Horacio Pucheta completan satisfactoriamente la labor.

Otro elemento que se conjuga favorablemente es el esmerado dispositivo escenográfico que permite el juego de recreación de escenas en un abrir y cerrar de puertas. Y, especialmente, la presencia de intérpretes de la música compuesta por Baltazar Oliver, muy inspirada y que acompaña, dialoga y profundiza los mejores momentos de la obra. Un hallazgo.

 Funciones los días viernes a las 23 hs. en el Abasto Social Club, Yatay 666, de la ciudad de Buenos Aires.

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