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La inevitabilidad de los cuerpos

 

Javier

 

Cuando abandoné el Seminario me sentí solo. Decirlo así, ahora, en pocas palabras, es casi una irreverencia a mi dolor de entonces. Lacerante, la profunda comprensión del paraíso perdido, motivación de incontable literatura, me releva el dar detalles de ello. Apenas puedo decir que, luego de una experiencia de esa naturaleza, la piel ya nunca más recobrará la confianza, el velo protector que inconscientemente nos recubría y, desde entonces, toda proximidad a otros, a otra piel, inmediatamente nos afectará, pues la nuestra se encuentra descubierta, desprotegida, desnuda. Extrañamente no es el Espíritu lo que más se resiente. En la mayor indefensión éste permanece intacto, se mantiene, contempla y nos contemplamos en él aun en nuestra orfandad, cubriéndonos así de la intemperie, de la ausencia de fe que nos rodea, del desánimo general. Casi se podría decir que tales contingencias lo ponen a prueba y, sin asombro, contemplamos a diario el triunfo del Espíritu. Lo horroroso es lo otro. Ante la carne estamos indefensos.

— Lo conocí en un baño.

— ¿En un baño?

— Sí, público. El de la estación de Retiro, a donde yo solía ir en aquellos tiempos.

— ¿A qué iba?

— A buscarlo. O a otros como él. Muchos lo hacíamos. Esperábamos pacientemente.

— ¿Qué esperaban?

— Al Hombre. Así que entró. Yo me estaba lavando las manos.

— ¿Entonces?

— Aunque en esos momentos no atiné a nada, percibí que todos los demás se iban retirando subrepticiamente. Me quedé solo. Me estaba lavando las manos, ya le dije. Entonces levanté mis ojos frente al espejo. Me llamó la atención el silencio.

— ¿Qué silencio?

— Hasta ese momento solamente se escuchaban murmullos apagados, a veces el crujido de un cierre metálico que al abrirse provocaba pasos, reacomodamientos sigilosos, o el sonido de las rodillas al tocar el piso… le decía, el silencio, y lo vi.

— ¿Qué vio?

— Su rostro. Me estaba mirando las manos. Me dijo: Así que fuiste seminarista. Entonces lo miré o mejor dicho, él me miró a través del espejo. Y me golpeó el corazón. Era hermoso.

— ¿Qué era hermoso?

— Él. Rubio, cabellos cortos, labios gruesos, ojos celestes. Comencé a llorar.

— ¿A llorar?

— Como ante la Virgen. Recuerde que fui seminarista. La Virgen siempre me conmovió.

— ¿En qué sentido?

— Su pureza. Me quedaba horas de rodillas mirándole las manos en supinación, abiertas, mostrándome un Camino que a su guía se emblanquecía.

— ¿Entonces?

— También su rostro de cera y su extática sonrisa que contemplaba sin cansarme. Horas de recogimiento hasta quedarme sin lágrimas. Todo en ella era tan puro que el contraste con la realidad que ya había empezado a vislumbrar, aún siendo un niño, me quebraba.

— ¿Y se quebró?

— Le pregunté: ¿Cómo lo sabés? Me dijo: Por la manera de lavarte las manos. Yo también estuve en un Seminario. Estábamos solos. Cerré la canilla del agua y me di vuelta. Más alto que yo era como una aparición, es decir, ni en sueños voluptuosos hubiera imaginado esa robustez, la inevitabilidad de su cuerpo, la armonía. Cuando dejé de llorar me dijo: No te preocupés, no te va a pasar nada. Acompañame.

— ¿Adónde fueron?

— A un costado de las vías. Me enseñó una credencial. Trabajaba para la policía. Pero no vayas a creer que mi trabajo es éste, me dijo. Estoy para otras cosas. Lo tuyo es diferente. Te saqué porque necesito algo de vos. Es más,  te voy a pedir un favor yo a vos porque no me debés nada. Hasta te podés negar si querés.  Aunque me parece que no, que vas a querer, que la vas a querer. No dejaba de hablar mientras me agarraba la mano y me hacía tocársela por encima del pantalón.

— ¿Qué cosa?

— Al principio muy suavemente, me repetía, para que no me asustase, para que me vaya acostumbrando, porque ya vas a ver lo que es, y sonreía.

— …

— Oscurecía muy rápido. De repente no tuve miedo. La credencial, que se asomaba por el bolsillo de su camisa transpirada, nos protegía. Estábamos dentro de una orden…

— De un orden querrá decir.

— Me sostenía con su sonrisa. Quiero decir que cuando me mostró, apenas, a fin de constatar que nunca había visto algo así, y manifestarlo…

— ¿De qué manera?

— Me ayudó a arrodillarme y, cuando golpeó mi cara con su mano abierta: Esto no es un bautismo, es una confirmación, me dijo, la presencia de aquella sonrisa que la noche mataba irremediablemente me consoló en mi ahogo. Al separarnos me anunció que se llamaba Adolfo, y me estrechó la mano.

 

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